La “injusticia”de Dios

A quién no se le ha pasado alguna vez por la imaginación –o por sus labios- acudir a la supuesta “injusticia” de Dios para dar explicación de los males que nos afectan? Apenas hace un mes de la tremenda masacre acaecida en Madrid: ¿dónde estaba Dios? Son muchísimos más los cientos de niños, personas inocentes, mujeres indefensas, que mueren cada día, ¡cada día!... ¿y dónde está Dios? ¿No es acaso Dios injusto? Pues sí, sí que hay algo de “injusto” en Dios, al menos tal y como nosotros entendemos este concepto de justicia. Veamos.

 

 

 

Lo primero es que en realidad Dios ha sido “injusto” al hacernos venir a la vida, pues si lo justo es lo debido a alguien, ¿qué nos debe él para hacernos existir? ¿quién de nosotros merece que le den la vida? Primer acto de “injusticia”: darnos el ser por pura gracia. Pero es más, ‘en justicia' nos debería haber creado mucho más inferiores de lo que somos, pues no se nos olvide que tenemos una cualidad divina, la libertad absoluta, tanta que incluso podemos renunciar a esta misma libertad, o al don de la vida, o al mismo Creador. Segunda injusticia de Dios: nos ha hecho más grandes de lo debido.

Acabamos de celebrar la Semana Santa recordando la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Si pensamos bien lo que significó la crucifixión de Cristo ¿no habría sido lo más justo por parte de Dios aniquilar a toda la humanidad al ver cómo se estabamatando a su mismísimo Hijo? ¿no hubiese sido eso lo justo? Pero aún más: si cada vez que una criatura suya quebrantara uno de sus mandamientos Dios actuase con justicia ¿qué nos debería suceder a ti y a mí cuando nos olvidamos de Él, cuando con nuestra libertad obramos como si Él no fuera el dueño de nuestras vidas?

 

Sí, ciertamente Dios no es justo, ¡y menos mal! La justicia de Dios se llama amor, se llama paciencia, se llama fidelidad, se llama perdón. En Dios “la misericordia se ríe del juicio” (St 2, 13). Dios ha sido con el hombre más que justo, ha sido inmensamente bondadoso, ha obrado por pura gracia. Ha sido grande al crearnos, más grande al redimirnos del poder del mal y de la muerte y mucho más aún al re-crearnos con la Resurrección de Jesucristo, garantía de nuestro destino hacia la vida eterna. Lo que ha sucedido en Cristo al morir por la humanidad y darnos el Espíritu que nos hace libres es mucho más que un acto de justicia, es un desbordamiento del amor de Dios que ama sin límites.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El problema del mal en nuestro mundo hay que situarlo en el marco de una historia que se está haciendo, historia de salvación en la que Dios mismo ha intervenido visiblemente, para compartir nuestro sufrimiento y adelantarnos cuál será nuestro futuro. Y esta historia la vamos construyendo con su gracia y nuestra libertad. Dios sí hubiera sido injusto si nos hubiera creado sin ser libres (libres hasta para hacer daño), o si nos hubiera creado sin pensar para nosotros una vida después de esta vida. Ese es el precio de nuestra existencia: que hemos de ir muriendo, entregando poco a poco la vida, y confiarnos a Él... No somos como Dios, ¡aún no lo somos! Pero su plan es claro: nos ha hecho para Él, nos da esta vida para tener la posibilidad de elegirle. Ese es el gran don de Dios. Lo “justo” en una criatura que no es Dios es que sea criatura con fecha de caducidad. La “injusticia” que Dios ha hecho con nosotros es habernos elevado a un orden que nunca merecemos, así que bendita injusticia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando el Cardenal Rouco recogía el dolor de las víctimas y su pregunta en aquel funeral en La Almudena quiso que aquel momento fuera iluminado por el evangelio de la muerte de Lázaro: “Maestro, ¡si hubieras estado aquí no le habría pasado esto a mi hermano! Marta: tu hermano resucitará”. He aquí la respuesta de quien sabe el final de la historia, de quien pone para nosotros la única esperanza que el corazón humano puede soñar con realismo. Esta el la noticia que a todos los hombres debe llegar, para que pensemos bien en qué consiste nuestra vida, nuestras ilusiones y nuestras penas. Así lo recoge también el solemne Pregón Pascual de la Vigilia del sábado santo: ”de qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados”. Piénsalo bien, y verás como el concepto de lo justo que nosotros tenemos tiene que apuntar a un mayor amor que es el que viene del corazón de Dios.

 

 

 

 

Juan Pedro, sacerdote

Volver a página indice de artículos