¿Que tienes que ver conmigo,Jesús Nazareno?

 

 

 

Por eso es fácil comprender en qué consiste la fe para mucha gente. Es la fe de quien te tiene ahí, como quien puede ser rescatado del olvido cuando le eres un recurso, especialmente cuando se te necesita en alguna urgencia. O la fe de aquellos que ven en ti un hombre justo del pasado, que tuvo una vida dramática y que es digno de piedad cuando contemplamos su muerte y su sufrimiento. Pero como en definitiva nada tienes que ver con nosotros, una vez que se pasa ese momento cada uno vuelve a su rutina: tú al mundo de no se sabe dónde, y nosotros a lo nuestro que es lo de aquí abajo, los menesteres que de verdad nos interesan.

Es duro esto, pero incluso cuando pienso que tú fuiste a la cruz por nosotros ¿qué es lo que realmente significa esa expresión? Lo primero: ¿acaso te llevé yo hasta la muerte? Evidentemente esto no puede ser. Lo segundo: ¿tu muerte fue en favor mío? ¿qué significa eso a no ser que estemos hablando en sentido metafórico? Si es así, bueno. Pero más allá de esto que es sólo simbólico no podemos ir. En resumen: ¿qué tienes que ver conmigo, Jesús? ¿qué puede haber entre tú y yo más allá de una vinculación sentimental? ¿qué puede haber de real que acorte la distancia entre túy yo? .

Es normal por todo ello uno no quiera saber tampoco nada de lo que la Iglesia predica. Porque si no existe un algo real entre Cristo y yo ¡para qué encima quiero una iglesia! Por eso los sacramentos no dicen nada, porque quién se va a creer que ahí pasa algo real. O quién cuando quiere hablar contigo va y se planta delante de un Sagrario reconociéndote realmente vivo ahí. ¿Y aceptar las demás doctrinas de la Iglesia ? ¿Y la moral cristiana? Eso sería posible siempre y cuando haya razones para creer que mi relación contigo no es sólo sentimental, sino verdadera en el sentido más literal de la palabra. Entonces cómo cambiarían las cosas.

¿Qué tienes que ver conmigo? Esta es la pregunta más inquietante que me ronda la mente y el corazón últimamente. Lo que pasó hace dos mil años, lo que te pasó en tu pasión y tu cruz y tu resurrección ¿me afecta eso a mí, me hace cómplice, me implica? Tú entregaste la vida, ¿pero fue por una “causa justa” o fue por algo más, “por mí”? ¿Y cómo lo sé, cómo lo noto?

Sé Dios mío que al venir al mundo me diste la libertad para quererte. Y que la libertad frustrada por mi pecado me separa de ti. Mi destino es claro: si me separo de tu amor, si me separo de la fuente de la vida, estoy perdido. No sólo moriré, sino que morirá todo lo que he vivido, querido, sentido, soñado… absolutamente todo. Quisiera recuperarte, pero sé que sólo lo podré hacer con amor, amor verdadero que no es el mío. Pero tengo la clave. Sólo tu amor me podría ayudar, sólo tu Espíritu que es amor haría que mi pobre capacidad de amar se sintiera impulsada. Y sé que me has dado tu Espíritu, y me lo has dado como no podías darlo de otra manera: amando hasta el límite, muriendo. Ahí me diste a mí lo que luego me salvaría. En la muerte de Cristo está nuestra salvación en el sentido literal de la palabra. ¡Oh, Señor, claro que tienes que ver conmigo! Al morir, Jesús, sacaste el aire de los pulmones y lo derramaste para nosotros, ese aire que es “Espíritu”, amor del Padre y tuyo que sólo podía ser dado cuando hubiera uno que amara con todas las consecuencias. Aquello que pasó en el calvario fue por mí, por todos nosotros. Ahora ya tenemos eso que nos vincula a Jesús imprescindiblemente. Ese algo que hay entre tú y yo es tu Espíritu, el que volvió a darle vida a tu cuerpo muerto, y la dará un día al mío. El que te formó en el vientre de María y el que habita dentro de mí para que pueda amarte a ti y a los demás. El Espíritu que te hace contemporáneo a nosotros para que dejes de ser un símbolo y seas real, vivo, presente, el que “te trae” a los sacramentos, al pan y al vino, al agua, al aceite, a la penitencia. Es el Espíritu que nos empuja por dentro y nos libera y nos acerca a ti.

Sí Jesús, tú eres real, tu vida y tu muerte fueron reales, y fueron para mí la vida, esa vida que atravesará las fronteras de la muerte gracias a lo que hiciste por mí. Sí, Jesús, sí que tienes que ver conmigo, lo eres “todo” en absoluto para mí, desde que viniendo al mundo nos entregaste tu amor, tu Espíritu, y él es mi vida y mi futuro.

¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús Nazareno? Pues que ya nunca mi vida estará aquí y tú allí: ya siempre seremos los dos. Que no nos falte, Señor, nunca tu Espíritu.

Juan Pedro, sacerdote

Volver a página indice de artículos

 

 

Esta pregunta se la hizo un endemoniado a Jesús, según nos lo cuenta el Evangelio (Mc 5, 6 ss). Y aunque espero no identificarme con el que el preguntador de entonces, sí que la pregunta me ha hecho pensar muchas veces. Me lo pregunto yo personalmente, pero lanzo la pregunta como en voz alta, por voz de otros. ¿Qué tienes que ver conmigo? ¿Quién eres para mí, para nosotros? ¿Hay algo de verdad real entre tú y yo, algo que nos vincule? Porque ni siquiera la respuesta del tener fe en ti es suficiente, porque ¿qué significa tener fe en ti? Puedes ser para mí alguien admirable, alguien que cae bien, alguien con una vida y un mensaje atractivos. Pero aun así resultaría poco, seguirías perteneciendo al mundo de mis fantasías, de mi imaginación, no serías de verdad real, no tendrías que ver conmigo. Incluso puedo creer en ti como Dios, y puedo pensar que hablo contigo, que me consuelas, que me echas una mano, que cuando rezo me escuchas. Pero tú sigues siendo tú y yo soy yo, tú sigues estando allí, lejos, en otro mundo, y yo sigo estando aquí, al otro lado. En realidad no tendrías nada que ver conmigo, nada que te haga necesario para mí.